Acá hay un poquito de todo . . . es un lugar para esculcar a ver qué se encuentra.
Composiciones gráficas de Michael Smith


Sobre Arte
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Nadaísmo en baras de color en tu TV
Campaña Nadaísta de navidad 2
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Punto final

Foto tomada de noticiero de TV sobre su entierro.

Siguen pasando los años y lo único que se me ocurre es: ¡mierda!, ¡cómo me estoy volviendo de viejo!
Michael Smith
La última vez que vi a Gonzalo fue en 1975 en el Congreso Mundial de Brujería en Bogotá, un evento espectacular organizado por Simón, el hijo menor del maestro Fernando González.
Gonzalo estaba precioso, con su pelo largo y su ruana de líneas grises claras y oscuras. Del abrazo todavía recuerdo el olor a pachulí y el olor tan particular que tienen las ruanas colombianas.
Los dos estábamos felices y todavía siento su abrazo apretado y maravilloso.
Antes de ese encuentro no recuerdo cuándo lo vi por última vez en Medellín:
tal vez fue en 1971.
Cuando supe de su muerte un año más tarde, en 1976,
yo estaba en el municipio de Piedra Gorda,
oriente antioqueño, realizando un estudio de arquitectura,
compartiendo tiempo con los campesinos
y estudiando su forma de crear los espacios en que habitaban.
Aquella tarde llovía y me senté en el banquito de una tienda al lado de la vía principal. La carretera era de barro rojo, y mientras observaba cómo las gotas de lluvia iban empapando el suelo, noté que la página de un periódico se hundía en uno de los charcos frente a mí.
Entonces vi en ese papel húmedo una foto de Gonzalo
y leí las palabras escritas en letras grandes,
el título que anunciaba la muerte del nadaísta Gonzalo Arango.
Recogí el artículo para entender mejor
lo que al principio no podía descifrar y súbitamente la lluvia y yo comenzamos a llorar juntos.
El día de su funeral fuimos mi madre y yo al cementerio Campos de Paz, cercano al aeropuerto Olaya Herrera de Medellín. Su ataúd estaba abierto para que todos pudiéramos ver cómo su rostro permanecía en paz, como de alguien que duerme tranquilamente. No se le veían heridas o moretones y por eso pienso que el compa murió fue de susto, pues a él nunca le gustaba ir en carro, nunca aprendió a conducir y cuando subíamos Las Palmas el pobre era un ser tan nervioso…
Mi madre y yo pusimos una rosa roja en sus manos, que tenía recostadas en su pecho.
Fuimos seis personas quienes lo llevamos a su tumba.
Mientras bajábamos unas escalas, casi se nos cae el ataúd.
Años después, Iván Darío López, quien también asistió al entierro, me contó que en una de sus visitas al Monasterio en Bogotá, el profeta le advirtió que cuando él muriera y lo estuvieran cargando en su féretro iba a “estirar la pata”, y según Iván eso fue lo que pasó y por esta razón casi se nos cae el ataúd. Sonreí al escuchar su historia: ahí estaba pintado el profeta… 🙂
Algo que también me impactó y me enseñó otra lección sobre Gonzalo ocurrió cuando bajaban el féretro a la tumba: unos jóvenes a 20 metros de distancia comenzaron a gritar insultos contra Gonzalo y a protestar su abandono al movimiento nadaísta. Yo sentí rabia por lo que consideraba un irrespeto, y cuando los miraba con ojos ofuscados vi que mi madre también los miraba, pero no con rabia sino con ojos que casi sonreían. Comprendí entonces que ella sabía que Gonzalo sería el primero en sonreír
si viera a esos jóvenes expresando abiertamente su inconformidad.
Para terminar este relato, quiero compartir lo que Alberto Aguirre muy claramente ha dicho y que está expresado en Gonzaloarango.com:
“Yo quiero mucho a Gonzalo. No lo quise, lo quiero. (…) Gonzalo es para mí,
para emplear la expresión de Fernando González, una presencia.
Uno ha tenido muchos amigos, pero presencias, un ser que está presente dentro de uno,
quizás dos, o tres, Gonzalo… Fernando González…”.
Michael Smith






