Escribió William Ospina:
A mí, que no lo conocí nunca, me gusta recordar a Gonzalo. Ya casi tengo recuerdos personales. Ya casi lo veo dirigiéndome la palabra en algún cafetín. Los recuerdos pueden ser hereditarios y hay muchas personas vivas que nos pueden heredar como un talismán, contra este horror que nos están regalando los viejos empresarios del odio, ese recuerdo de un colombiano lúcido y bueno, ingenioso y cordial, capaz de acciones y capaz de amores.
Sólo una cosa quiero añadir: que en un país donde los curas predicaban rencor y los políticos predicaban degüello, donde ser gente consistía en saber despreciar y ser hombre consistía en saber odiar, Gonzalo salió a las calles a predicar la amistad, y se inventó con unos cuantos desgreñados adolescentes no sé si el más renovador movimiento literario de Colombia, pero sí la más saludable conjura de la pasión y de la juventud contra todo un orden decrépito y maligno, y la mejor propuesta política que se podía formular en esa Colombia de odios: una plural y rebelde y creadora fraternidad. Cuando la consigna es odio, él sale a gritar que la consigna es imaginación desbordante y amistad sin límites. Bachué, señora del agua (la invocación es de José Manuel Arango), Bachué, señora del agua, que Gonzalo vuelva a las calles, que la fiesta comience de nuevo.











